España, emblema de la Fe
Rafael Valencia Quiroz
“¡Qué bonito es el Mar Mediterráneo, la Costa Brava y la Costa del Sol! La charanga y el toreo me emocionan, porque en España sólo hay de lo mejor”. En nada se equivoca la canción. España, exótico vergel. España, tierra soñada y soñadora. No sin razón recibe cada verano más de quinientos mil turistas. Ofrece quilates de historia y cultura. Promete porvenir al hijo y al huésped y, en fin, es agasajada por un creciente número de inmigrantes.
Sin embargo, entre sus múltiples encantos, sólo falta una oferta. Oferta muy demandada, que siempre la ha caracterizado y con la que ha nacido. Oferta que, por tanto, no está mal regatearle. Es la fe que generosa siempre ha compartido con el mundo entero.
Hoy es triste constatar cómo es en esta tierra ibérica en la que tres cuartas partes de los inmigrantes pierden la fe. ¿Qué deleite puede suplantar esta desgracia? Ni los castillos medievales, ni las catedrales góticas, ni los preclaros hijos como Cervantes o Quevedo –por citar nada más una muestra-. Aquí no hay sucedáneos: lo único que acaba con esta carencia es dejar de dar la espalda a Dios, sentirse más hijo y más amado que nunca y permitir el abrazo que Dios busca y espera darle.
Pruebas de este anhelado abrazo no faltan: la visita del Santo Padre, la exitosa adoración perpetua en Toledo, la América evangelizada y hoy evangelizadora, la España que no se puede ver distanciada de este honroso calificativo: católica. No es, en absoluto, ningún retroceso creer en Dios. Más bien, culmina las obras del hombre.
Sólo así, se dará al hijo y al visitante el completo servicio de calidad. El servicio que le dé la vida eterna. Sólo entonces, será posible terminar el estribillo de la canción: “y siempre se recordará que España es la mejor”.



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