Católico... ¿practicante?
Juan Manuel Gómez
En el campo de los deportes hay aficionados “activos” y “no activos”, es una realidad. Un hincha activo permanece siempre fiel a su equipo, tanto en los momentos de júbilo, como en los momentos más difíciles en los que la “B” aparece en el horizonte como un desenlace posible. Un hincha no activo es de los que cambian fácilmente sus intereses futbolísticos y, en los campeonatos, para evitar serios compromisos cuando le preguntan a qué equipo le va, dice simplemente que al que gane o al mejor, sin importarle quien sea, porque en realidad, para él, eso de ser hincha depende de las circunstancias.
En el campo de la identidad religiosa, se ha venido dando un fenómeno similar, muy extendido en Occidente y que a menudo pasa casi totalmente desapercibido. Se trata de la frecuente distinción entre católicos “practicantes” y católicos “no practicantes”. Como queriendo separar a los se consideran católicos de los que viven su catolicismo.
Esta distinción encierra una gran incongruencia porque, cuando alguien le pregunta a alguna persona si es católico, y luego le vuelve a preguntar si es practicante, parece que no ha tenido en cuenta el sentido de la primera respuesta y se está contradiciendo en su primera pregunta puesto que si alguien se considera católico es porque ha aceptado el “paquete completo” de la fe y no sólo el nombre o lo que le conviene.
Cuando se afirma ser católico, se debería tener presente que ser católico significa tener al Papa como el guía seguro en el camino de la fe; que ser católico significa creer en la vida eterna, en el purgatorio y en la existencia del infierno; que significa vivir el precepto de la caridad en la vida diaria, hasta el extremo, amando al prójimo como a nosotros mismos; que significa seguir las enseñanzas de la Iglesia, que dignifican y hacen feliz la vida del hombre; que significa ser firme defensor de la vida en todas sus etapas, de la recta moral y de la unidad familiar.
Todo católico está llamado a ser un católico practicante, es decir, a vivir la fe que profesa para evitar que continúe existiendo esta distinción que deja mucho que desear a los que no creen en Cristo. Si todos los católicos lo son también en sus obras, los no creyentes contarán con un testimonio vivo de Cristo y tendrán una gran motivación para acercarse a la fe. La Iglesia, formada por todos los católicos, está llamada a ser esa levadura que fermente, con el amor de Dios, toda la masa a través de la práctica, vivencia y testimonio de la Verdad.


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