El pan que da la vida eterna
PASCUA
Jueves de la Tercera Semana
I. Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo. Si alguno come de este pan
vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Jesús revela el gran misterio de la Sagrada Eucaristía. Sus palabras son de un
realismo tan grande que excluyen cualquier otra interpretación. Sin la fe,
estas palabras no tienen sentido. Por el contrario, aceptada por la fe la
presencia real de Cristo en la Eucaristía, la revelación de Jesús resulta clara
e inequívoca, y nos muestra el infinito amor que Dios nos tiene. Te adoro con
devoción, Dios escondido, decimos con aquel himno a la Sagrada Eucaristía Adoro
te devote, que compuso Santo Tomás y que constituye un resumen de los
principales puntos de la doctrina católica sobre este sagrado Misterio. Te
adoro, Dios escondido, le decimos nosotros en nuestra oración, manifestándole
nuestro amor, nuestro agradecimiento y el asentimiento humilde con que le
acatamos. Es una actitud imprescindible para acercarnos a este misterio de
amor.
II. La Consagración en la Santa Misa ha sido y es la piedra de toque de la fe
cristiana. Por la transubstanciación, “convertida la sustancia o naturaleza
del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no queda ya nada de pan
y de vino, sino las solas especies: Bajo ellas Cristo entero está presente en
su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los
cuerpos están en su lugar” (PABLO VI, Mysterium fidei). En la Sagrada Comunión
se nos entrega el mismo Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre;
misteriosamente escondido, pero deseoso de comunicarnos la vida divina. Su
Divinidad actúa en nuestra alma, mediante su Humanidad gloriosa, con una
intensidad mayor que cuando estuvo aquí en la tierra. Oculto bajo las especies
sacramentales, Jesús nos espera, y le decimos: Tú eres nuestro Redentor, la
razón de nuestro vivir.
III. La Comunión sustenta la vida del alma de modo semejante a como el alimento
corporal sustenta al cuerpo: mantiene al cristiano en gracia de Dios librando
el alma de la tibieza, y ayuda a evitar el pecado mortal y a luchar contra el
venial. La Sagrada Eucaristía también aumenta la vida sobrenatural, la hace
crecer y desarrollarse, y deleita a quien comulga bien dispuesto. Nada se puede
comparar a la alegría de la cercanía de Jesús, presente en nosotros. Jesús nos
espera cada día. Si se lo pedimos, la Santísima Virgen nos ayudará a ir a la
Comunión mejor dispuestos cada día.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
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