03 de Mayo
361. Frutos de la contradicción
PASCUA
Miércoles de la Tercera Semana
I. Después del martirio de San Esteban se originó una persecución contra los
cristianos en Jerusalén, lo que dio lugar a que se dispersaran por otras
regiones (Hechos 8, 1-8). La Providencia se sirvió de estas circunstancias
dolorosas para llevar la semilla de la fe a otros lugares que de otro modo
hubieran tardado más en conocer a Cristo. El Señor siempre tiene planes más
altos. Los mismos perseguidores, que pretendían ahogar la semilla de la fe
recién nacida, fueron la causa indirecta de que muchos conocieran la doctrina
de Cristo. No debemos sorprendernos por las dificultades, de un signo u otro;
son algo de lo que podemos sacar mucho bien. Debemos entender en lo más íntimo
de nuestra alma que el Señor está muy cerca de nosotros para ayudarnos, con más
gracias para madurar las virtudes, y para que el apostolado dé su fruto. En
esas ocasiones, Dios desea purificarnos como al oro en el crisol, de la misma
manera que el fuego lo limpia de su escoria, haciéndolo más auténtico y
preciado.
II. Cuando el ambiente se aleja más de Dios, deberemos sentir como una llamada
del Señor a manifestar con nuestra palabra y con el ejemplo de nuestra vida que
Cristo resucitado está entre nosotros, y que sin Él se desquician el mundo y el
hombre. Cuanto mayor sea la oscuridad, mayor es la urgencia de la luz.
Deberemos luchar entonces contra corriente, apoyados en una viva oración
personal, fortalecidos por la presencia de Jesucristo en el sagrario. La
contradicción nos lleva a purificar bien la intención, realizando las cosas por
Dios, sin buscar recompensas humanas. No olvidemos que una misma dificultad
tiene distinto efecto según las disposiciones según las disposiciones del alma:
el bien que hemos de alcanzar es un bien arduo, difícil, que exige de nuestra
parte una correspondencia decidida, llena de fortaleza. Y solamente la
lograremos muy cerca del Señor.
III. La unión con Dios a través de las adversidades, de cualquier género que
sean, es una gracia de Dios que está dispuesto a concedernos siempre, pero como
todas las gracias, exige el ejercicio de la propia libertad, nuestra
correspondencia, el no desechar los medios que pone a nuestro alcance, de modo
singular abrir el alma en la dirección espiritual si en alguna ocasión las Cruz
nos pareciera más pesada. El Señor nos espera en el sagrario para animarnos
siempre... y para decirnos que lo más pesado de la Cruz lo llevó Él, camino al
Calvario. Y al pie de la Cruz, su Madre, nuestra Madre.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
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