Martes de la II semana de Pascua
El primer amor
Evangelio: Mc 16, 15-20
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: -"Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos". Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
Meditación:
El pasaje de este día nos invita a una contemplación atenta. Jesús se ha aparecido en varias ocasiones a los discípulos. Las experiencias habían sido tan fuertes que todavía no terminaban de asimilarlo. Pedro, no sabiendo qué hacer, decide ir a pescar durante la noche. Los otros discípulos le acompañan. Después de una larga noche de faena y duro bregar, no han conseguido nada.
Jesús, como tres años antes, les dice que lancen las redes para pescar... Y la red se llenó de peces. Demasiadas eran las coincidencias para que Juan no entreviera que era quien les había hablado desde la orilla.. Pedro, tan impetuoso como siempre, no espera a que la barca llegue a tierra, se lanza porque aquel hombre "es el Señor".
Jesús no se anuncia, simplemente les habla desde la orilla, les ofrece un signo de reconocimiento y de amor. Este encuentro evoca aquel otro, algo lejano en el tiempo, cuando Jesús les hizo pescadores de hombres. Volvieron a sentir el primer amor, al que es necesario volver continuamente, refrescar, revitalizar, sobre todo en los momentos de dificultad, de soledad, de dolor o abandono.
Sólo quien tiene fresco en la mente el primer encuentro con Cristo, el día en el que sintió su amor por primera vez, puede descubrir a lo lejos que el Señor es quien llama, quien vuelve a ofrecernos su mano, su ayuda, su amor. No hay que dejar que el amor se envejezca, se calcifique. Durante todo el trayecto de nuestra vida, el amor de Cristo nos tiene que servir de estrella polar. Que su inamovible y su constante presencia nos ayude a recordar ese SÍ a su amor que una vez le dimos.
Oración:
Señor, haz de mí un pescador de hombres, un portador de la buena nueva de tu Evangelio, de tu amor. Que no tenga miedo a remar mar adentro y tirar las redes, repitiendo las palabras de san Pedro: "En tu nombre, Señor, echaré las redes". Los frutos no se harán esperar.
Propósito:
Trataré de dar a los demás algo que me suele costar: un saludo amable, una sonrisa, una ayuda...
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