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Si los hombres supieran que Dios 'sufre' con nosotros y mucho más que nosotros de todo el mal que asola la tierra, sin duda muchas cosas cambiarían, y muchas almas serían liberadas (J. Maritain)

24 Abril 2006

La familia, patrimonio de la humanidad

La familia, patrimonio de la humanidad

Fuente: www.almudi.org
Autor: Pablo Cabellos Llorente

LA VERDAD DEL MATRIMONIO

El Encuentro Mundial de las Familias, que tendrá lugar en Valencia, centra aún más nuestra mirada y desvelos en esta institución que es clave para la Iglesia y para el mundo. Ahora es un tiempo especialmente oportuno para realizar algo que decía Juan Pablo II: "Es preciso redescubrir la verdad, la bondad y la belleza de la institución matrimonial que, al ser obra de Dios mismo a través de la naturaleza humana y de la libertad del consentimiento de los cónyuges, permanece como realidad personal indisoluble, como vínculo de justicia y amor, unido desde siempre al designio de la salvación y elevado en la plenitud de los tiempos a la dignidad de sacramento cristiano. Esta es la realidad que la Iglesia y el mundo deben favorecer. Este es el verdadero favor del matrimonio."

Estas palabras pertenecen a su discurso del año 2004 a la Rota Romana. El parlamento del Papa está dedicado principalmente al favor iuris de que goza el matrimonio, de manera que en la duda se ha de estar por la validez del mismo, a menos que se demuestre lo contrario.

Pero el Pontífice -prácticamente al final de su discurso, del que son las palabras iniciales de este artículo- fue mucho más allá de la mera consideración jurídica, a la vez que le aportaba una enérgica y profunda apoyatura. Para estar a favor del matrimonio es necesario descubrir su verdad, su bondad y su belleza. El Papa invita a buscar la raíz de la institución matrimonial para darle todo el valor que tiene y salvarla de frivolidades, consideraciones parciales o superficiales.

Tan claro tenía Juan Pablo II el valor de la familia nacida del matrimonio, que repitió en múltiples ocasiones palabras como éstas: "¡El futuro de la humanidad se construye en la familia! Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia". Desde luego no se cumple ese fin cuando, como afirmó la Conferencia episcopal española, se ponen en marcha iniciativas legales con las que sucede lo mismo que cuando se fabrica moneda falsa: se devalúa la moneda verdadera y se pone en peligro todo el sistema económico. Pretender equiparar al matrimonio otras realidades completamente ajenas a esta institución milenaria -desde que el mundo es mundo- es introducir un peligroso factor de disolución de la institución matrimonial y, con ella, del justo orden social. Triste privilegio este de ser adelantados en la disgregación de la más antigua y entrañable organización de la humanidad.

PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD

Esta pretensión no pasaría por cabeza alguna si tratamos de redescubrir la verdad, la bondad y la belleza de la institución matrimonial. Las realidades que contienen esas características suelen ser declaradas patrimonio de la humanidad, con el fin de que se custodien, no se deterioren, ni varíen su esencia. ¿No merece la familia milenaria ser patrimonio de la humanidad para que preservemos su intrínseca naturaleza?

Escribí estas palabras en "Las Provincias" el 25 de octubre de 2004. Poco más de un año después, Benedicto XVI sostenía ante un numeroso grupo de obispos americanos: "vuestro deber de pastores es presentar en toda su riqueza el valor extraordinario del matrimonio que, como institución natural, es patrimonio de la humanidad". No busco una vanidad tonta; solo quiero expresar la alegría de que se ha cumplido con creces aquel deseo al proclamarlo el líder primero de la humanidad.

Benedicto XVI, en su todavía corto pontificado, ha hablado repetidas veces de la institución matrimonial. Por ejemplo, en un discurso a un congreso de la diócesis de Roma -con una orientación muy semejante a la que tendrá el Encuentro de Valencia: transmisión de la fe en la familia-, el Papa afirmaba: "El presupuesto por el que hay que comenzar (...) sigue siendo siempre el significado que el matrimonio y la familia tienen en el designio de Dios, creador y salvador". Por eso añade inmediatamente que el matrimonio y la familia no son algo casual, ni fruto de situaciones coyunturales variables. "La justa relación entre el hombre y la mujer -dice- hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de éste". No valen superficialidades ni encuestas. Es necesario ahondar gozosamente en algo más profundo y esponjante cuando se descubre a fondo: ¿quién soy yo?, lo que conduce -sigo atendiendo al citado discurso- a otro interrogante: ¿Existe Dios? ¿Quién es Dios? Ya hablaba el Papa allí de amor, como en su primera encíclica: Dios existe y es amor, por lo que la vocación al amor -inseparable de su semejanza con Dios por la inteligencia, la voluntad, y los afectos- es lo que hace al hombre auténtica imagen de Dios: "se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que ama".

LIBERTAD PARA AMAR FIELMENTE

Amar supone la entrega total de los esposos, con sus peculiares notas de exclusividad, fidelidad, permanencia en el tiempo y apertura a la vida, diría Benedicto XVI en otro discurso del pasado diciembre. Amar exige entrega, donación y, por tanto, un ejercicio de la libertad que no es el que muchos consideran: bien en la falta de un compromiso cerrado o, aún más simplemente, en gozar de la vida. "La verdadera expresión de la libertad -vuelvo al discurso de Roma- es, por el contrario, la capacidad de decidirse por un don definitivo, en el que la libertad, entregándose, vuelve a encontrarse plenamente a sí misma". Con otras palabras: compromisos hondos y serios; al contrario, ese otro uso ligero de la libertad es el que empobrece al ser humano. Hablando a los jóvenes, el pasado mes de agosto, el Papa aseveraba que "la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos".

Por tanto, la libertad que busca amar en el matrimonio no puede ser mezquina, miedosa o empequeñecedora, como en ningún tipo de amor, pero con las peculiaridades de este gran sacramento, como lo llamó San Pablo. En esta comunidad de vida y amor se verifica, de modo muy claro, que también el cuerpo del hombre y de la mujer no son sólo algo biológico, sino expresión y cumplimiento de nuestra humanidad. Esto sirve para cualquier estado, pero en el matrimonio significa que la sexualidad ha de integrarse de tal modo que se abra a la vida, sea parte de un verdadero amor y exija la fidelidad y perseverancia hasta que la muerte separe a los cónyuges.

FRUTOS DEL AMOR

Esta apertura a la vida, si Dios quiere, proporciona los hijos, agranda la familia y abre un nuevo capítulo al amor, a la entrega -que es gozo y también es dolor- para criarlos, educarlos, encauzarlos, etc. etc. Esto daría lugar a nuevos aspectos de intensa humanidad: la formación de los padres para alimentar y educar a sus hijos según sus convicciones, el ejercicio sin trabas del derecho a la creación de centros educativos, con un Estado subsidiario y no detentador primero del derecho a educar, políticas familiares generosas, transmisión de la fe en la familia, etc. Una palabra sobre este tema: transmitir la fe es comunicar conocimientos, pero sobre todo vida: de piedad, sacramental, de conducta cristiana manifestada en el ejercicio de las virtudes; enseñanza de una libertad responsable, apertura a la vocación que Dios dé a los hijos, fomento de la misma, y alegría cuando exige mas desprendimiento, etc.

Ayudarían a pensar estas palabras de Ortega y Gasset: "El hijo no es del padre ni es de la madre; es unión de ambos personificada y es afán de perfección modelada en carne y alma". Así cada hijo es un don de Dios que excede con mucho cualquier tarea de índole natural que se pueda realizar. Pienso que sólo aquello que es plenamente sagrado puede superarlo. Participar en el poder creador de Dios es una parte importantísima de la verdad y belleza de la familia. También cuando los hijos no vienen, porque puede volcarse toda la fuerza de amor conyugal en la adopción y en las muy variadas formas de darse a los demás. En cambio, "el egoísmo, en cualquiera de sus formas, se opone a ese amor de Dios que debe imperar en nuestra vida", decía san Josemaría. También dan para pensar estas palabras de Guerrazzi en su Epistolario : "El matrimonio es el sepulcro del amor; pero del amor loco, del amor sensual".

Afirmaba Lacordaire que "la sociedad no es más que el desarrollo de la familia; si el hombre sale corrompido de la familia, corrompido entrará en la sociedad". Es cierto que el hombre es libre y puede degenerarse teniendo una familia llena de valores, pero no es menos cierto que sería más difícil. Una familia que lucha por la fidelidad, que se esfuerza porque haya comprensión, cariño y perdón entre sus miembros, que sabe poner en marcha la generosidad, libertad y responsabilidad de todos; que evita el consumismo y aprende a valorar lo que tiene sin buscarlo desmedidamente; una familia así es un tesoro social.

Una consideración final para los que piensan que a veces el amor se termina. Sólo la falta de abnegación, el pensar en uno mismo, la deficiencia de tolerancia y de espíritu de servicio, el egoísmo en una palabra, son quienes destruyen el cariño. Así expresaba san Josemaría estas ideas: "Pobre concepto tiene del matrimonio -que es un sacramento, un ideal y una vocación- el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido".

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Rana de pozo

Fuente: Cponoze.com
Autor: Alfonso Aguiló

En un pozo profundo vivía una colonia de ranas. Llevaban su vida, tenían sus costumbres, encontraban su alimento y croaban a gusto haciendo resonar las paredes del pozo. Protegidas por su aislamiento, vivían en paz, y sólo tenían que guardarse del cubo que, de vez en cuando, alguien echaba desde arriba para sacar agua del fondo del pozo. Daban la alarma en cuanto oían el ruido de la polea, se sumergían bajo el agua o se apretaban contra la pared, y allí esperaban hasta que el cubo era izado y pasaba el peligro.

Fue a una rana joven a quien se le ocurrió pensar que aquel cubo podía ser una oportunidad en vez de un peligro. Allá arriba se veía algo así como una claraboya abierta, que cambiaba de aspecto según fuera de día o de noche, y en la que aparecían sombras y luces y formas y colores que hacían presentir que allí había algo digno de conocerse. Y, sobre todo, estaba el rostro con trenzas de aquella figura bella y fugaz que aparecía sobre el brocal del pozo al arrojar y recoger el cubo todos los días. Había que conocer todo aquello. La rana joven habló, y todas las demás se le echaron encima: «Estás loca. Nosotras hemos nacido para estar aquí, y es aquí donde nos va bien y somos felices. Fuera del pozo la vida es angustiosa y absurda. ¿Cómo te atreves a ir contra las costumbres de todas? ¿Es que una rana jovenzuela como tú puede saber más que la experiencia de todas nosotras?».

La rana jovenzuela esperó pacientemente la próxima bajada del cubo. Se colocó estratégicamente, y en el momento en que el cubo comenzaba a subir dio un salto sobre él, ante el asombro y el horror de la comunidad batracia. El consejo de ancianos abominó de semejante actuación y prohibió que se hablara de ella. Había que salvaguardar la seguridad de la vida en el pozo.

Pasaron los meses y un buen día la rana aventurera se asomó al brocal del pozo. Desde abajo, todas miraban sin atreverse a decir nada. La rana fugitiva les habló de cómo se vivía fuera, de la variedad de alimento, de la libertad, del sol y las plantas, de cómo había sitio para todas, porque era muy grande y nunca se acaba de ver lo que había a lo lejos.» Desde abajo, las fuerzas del orden advirtieron a la rana que, si bajaba, sería ejecutada por alta traición. Hubo mucho revuelo, y algunas ranas quisieron comentar la propuesta, pero las autoridades las acallaron enseguida y la vida volvió a la normalidad de siempre. Sin embargo, a la mañana siguiente, la niña de las trenzas rubias se quedó asombrada cuando, al sacar el cubo, vio que estaba lleno de ranas.

En sánscrito hay una palabra compuesta para designar a una persona estrecha de miras que se conforma con oír lo que siempre ha oído y hacer lo que siempre ha hecho, lo que hace todo el mundo y lo que, según parece, han de hacer todos los que quieran seguir una vida tranquila y segura. La palabra es "rana-de-pozo" (kup-manduk) y ha pasado a las lenguas modernas indias con ese mismo sentido.

La rebeldía ante las ofuscaciones de nuestro entorno siempre ha sido un impulso regenerador de la vida de las personas, de las organizaciones y de la entera sociedad. Quizá hace unos años este relato evocaría otros sentimientos, pero me temo que hoy toda esa rebeldía tenga que dirigirse contra el gregarismo de los modos de diversión de masas, contra la uniformización de mente que producen las poderosas industrias del ocio, o contra las dictaduras ideológicas que se promueven desde los grandes grupos mediáticos. Hoy, como ayer, es preciso rebelarse ante el pensamiento precocinado, ante las imposiciones de lemas aborregantes o ante las simplezas que se repiten hasta la saciedad sin que nadie tenga el valor de contradecirlas. El acallamiento de la sensatez es una de las mayores desgracias que se pueden abatir sobre cualquier colectividad. Nuestro deber es pensar por cuenta propia y tener el valor de decir en voz alta lo que pensamos. Tener la audacia de desmarcarnos de "lo que se debe pensar", de lo "políticamente correcto". No dejarnos impresionar por el discurso casposo de quienes ridiculizan todo lo que se sale de las rigurosas claudicaciones del pensamiento débil. Y si es preciso, dar un salto valiente, aunque al principio sea en solitario, sin dejarnos narcotizar por el razonable conformismo de los antihéroes.

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