23 de Abril
351. La fe de tomás
PASCUA. SEGUNDO DOMINGO
I. El día en que resucitó el Señor, el primer día del mundo nuevo, viene a
confortar a sus más íntimos: La paz sea con vosotros, les dice. Y dicho esto
les mostró las manos y el costado. Tomás no estaba presente, no pudo ver al
Señor ni oír sus consoladoras palabras. ¡Hemos visto al Señor!, le dijeron los
demás. Pero Tomás estaba profundamente afectado por lo que habían visto sus
ojos: jamás olvidaría la Crucifixión y la Muerte del Maestro. Tomás pensaba que
el Señor estaba muerto, aunque los demás le aseguran que vive: Si no veo la
señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en es señal de los clavos,
y mi mano en su costado, no creeré (Juan 20, 25). Así hemos de hacer nosotros:
para muchos hombres y muchas mujeres Cristo es como si estuviera muerto, no
cuenta en su vida. Nuestra fe en Cristo resucitado nos impulsa a decirles de
mil formas diferentes que Cristo vive, que nos unimos a Él por la fe y lo
tratamos cada día, que orienta y da sentido a nuestra vida. Así contribuimos
personalmente a edificar la Iglesia, como los primeros cristianos.
II. Ocho días después, Jesús se aparece de nuevo a los Apóstoles. Tomás estaba
con ellos. El Señor le dice: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano
y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel (Juan 20, 26-27). La
respuesta de Tomás es un acto de fe, de adoración y de entrega sin límites:
¡Señor mío y Dios mío! Su fe brota, no tanto de la evidencia de Jesús, sino de
un dolor inmenso. El Amor lo lleva a la adoración y de vuelta al apostolado.
Las dudas primeras de Tomás han servido para confirmar la fe de los que más
tarde habrían de creer en Él. Si nuestra fe en Jesucristo es firme, también se
apoyará en ella la de otros muchos, para lo cuál es preciso que vaya creciendo
de día en día, que aprendamos a mirar los acontecimientos y las personas como
Él las mira, y que nuestro actuar en el mundo esté vivificado por la doctrina
de Jesús. ¡Señor mío y Dios mío! Estas palabras de Tomás pueden ayudarnos a
nosotros a actualizar nuestra fe y nuestro amor a Cristo resucitado, realmente
presente en la Hostia santa.
III. La Resurrección del Señor es una llamada a que manifestemos con nuestra
vida que Él vive. Para confesar nuestra fe con la palabra es necesario conocer
su contenido con claridad y precisión. Por eso, la Iglesia nos insiste en el
estudio del Catecismo. Muchos cristianos han olvidado lo esencial del contenido
de su fe. Pidamos a la Virgen, Asiento de la Sabiduría, Reina de los Apóstoles,
que nos ayude a manifestar con nuestra fe y nuestras palabras que Cristo vive.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
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