16 de Abril 348. Santa Engracia y San Benito José Labre
16 de Abril 348. Santa Engracia y San Benito José Labre
Santa Engracia, virgen mártir
Hacia fines del siglo III y principios del IV de nuestra era, el Emperador
romano, Diocleciano, desató una persecución sangrienta contra la Iglesia, con
la intención de extinguir el nombre y la religión cristiana. Para esto se
hicieron públicos sus terribles edictos en todo el Imperio mandando que, en
caso de resistirse los fieles a prestar adoración a los dioses romanos,
padeciesen los más crueles tormentos. De entre los encargados de llevar a cabo
esta persecución, se distinguió por su barbarismo y crueldad, Daciano, quien
profesaba una mortal aversión hacia los cristianos. Ocupaba el puesto de
gobernador de la provincia de Tarragona, España, de la cual la ciudad de
Zaragoza formaba parte.
Emprendiendo un largo viaje desde Braga, Portugal y con destino hacia el
Rosellón, una joven noble llamada Engracia, hija de un regente es enviada por
él, seguida de un cortejo de 18 acompañantes, para desposarse con un caballero
de su mismo linaje y a quien sus padres le habían elegido, como era costumbre
en aquel entonces. Engracia se sentía felíz porque tenía la certeza y
entusiasmo de que se cumpliría una revelación que había tenido, según la cual
en ese viaje sufriría el martirio en defensa de su fe cristiana.
Encendido su corazón en vivísimos deseos de derramar su sangre por amor a
Jesucristo, valiente y guiada sin duda alguna por el Espíritu Santo, se
presenta ante el cruel Daciano y le dice:
"¿Por qué, juez inicuo, desprecias al verdadero Dios y Señor que está en los
Cielos y atormentas con tanta crueldad a los que le dan culto? ¿Por qué tú y
tus emperadores persiguen por todo el mundo, tan injustamente a los cristianos,
por defender a los ídolos que son unas vanas estatuas donde habitan los
demonios?"
Daciano, asombrado al oír tan inesperada reprensión y más admirado por el
espíritu y majestad con que aquella doncella despreciaba con generosa libertad
a los dioses del Imperio, encolerizado, mandó aprenderla y azotarla,
arranstrándola atada a un caballo por toda la ciudad; esto no hizo mas que
crecer en Engracia su fortaleza y alentada por su martirio, le replicó a
Daciano cuando éste la trató de convencer de que abandonara su religión:
"Tú, sacrílego, enséñate a ti mismo esos falsos dogmas, pero no a mí; que ni
tus ofertas me seducen, ni tus palabras me convencen, ni tus tormentos me
intimidan. Sabe que soy enviada por mi Señor Jesucristo a reprender tus
enormes delitos, de lo que es preciso te arrepientas, si temes como debes la
ira de Dios, que ya veo preparada a descargar sobre ti"
Ofendido Daciano de la noble intrepidez con que afeó Engracia sus crueldades,
bramando como león enfurecido, ordenó los más terribles tormentos: le
dislocaron todos sus miembros y luego con garfios de hierro le rasgaron sus
carnes. Ejecutóse así, pero de un modo tan inhumano, que, descubiertos todos
los huesos, se vieron sus entrañas por diferentes heridas, profundizando de tal
forma, que le extrajeron un pedazo del hígado. Todos se llenaron de confusión
al verla con un semblante alegre, adorando y bendiciendo al Señor en medio de
aquel conjunto de tormentos, confesando hasta los
mismos paganos que no era posible tal fortaleza sino por un milagro.
Daciano, queriendo terminar con aquella situación que lo hacía quedar en
ridículo, ordenó le clavaran un clavo en la frente y como ni con eso consiguió
matarla, ordenó desistiesen y la tiraran a las mazmorras húmedas y oscuras en
aquel terrible estado, a fin de que los agudos dolores de las heridas le
sirviesen de mayor martirio, que le fue más penoso que la misma muerte. Ahí
sobrevivió algún tiempo más, en donde murió posteriormente el 16 de abril del
año 303, no sin antes haber conseguido que los enemigos de su religión se
dieran cuenta del poder del verdadero Dios de los cristianos. Sus dieciocho
acompañantes, de igual manera fueron atormentados y muertos.
Su venerable cuerpo fue sepultado por los fieles si no con la solemnidad de un
funeral público, por temor de la persecución, pero sí seguramente honrado con
acompañamientos de ángeles que festejaron el más glorioso triunfo de esta
insigne heroína de la religión.
San Benito José Labre (1748-1783)
Nació en Amettes, Francia siendo el mayor de una familia de quince hijos. Sus
padres deseaban que fuese cura rural, como sus dos tíos. Estudió latín y
griego intentó ingresar en la Trapa o en la Cartuja e cinco o seis veces, pero
o terminaba cayendo enfermo o bien su alma perdía la paz. Parecía que ningún
lugar le iba a resultar de su agrado y que, como los pájaros, necesitaba la
libertad. Encontró su verdadera vocación al salir del convento y permanecer en
el camino como un mendigo, hasta su muerte. A partir de entonces rezaba a
solas con Dios por los caminos, despreciado y sufriente, como el Señor en la
Pasión.
Peregrinó por todos los caminos de España, Suiza, Alemania y Polonia, viajando
vestido con harapos, durmiendo en graneros o al raso, y aceptando cortésmente
el pan o los insultos de los que abrían la puerta cuando llamaba. A partir de
1755, su salud se quebrantó y ya no abandonó la Ciudad Eterna. Por el día
permanecía de rodillas en cualquier rincón de las iglesias; al llegar la noche
se alojaba en las ruinas del Coliseo. Ningún prelado fue tan venerado en Roma
por aquel entonces como san Benito. El miércoles Santo de 1783 lo encontraron
desvanecido en la calle ante la iglesia de Santa María de los Montes de donde
venía de oír misa. Lo trasladaron a casa del carnicero Zaccarelli, amigo suyo
como todos los romanos, y expiró serenamente horas mas tarde.
* Pidamos hoy al Señor nos permita vernos como somos, sin dejar que algún
éxito o buena fortuna nos haga caer en la vanidad.
Gracias por suscribirse a santoral de www.encuentra.com


