La voz del Papa
No perder de vista ni la brújula ni el destino
Emilio Palafox Marqués
06/06 domingo 16 abril 2006
Dentro de pocos días reviviremos en todo el mundo la elección del nuevo Papa
Benedicto XVI. Todos hicimos entonces nuestros comentarios, pero pocos como el
de Enrique, entonces en 5º de Primaria, según me contaron ayer en su casa. Ante
la noticia televisiva exclamó con entusiasmo. ¡El Papa es "Venadito 16"...! Hoy
enriquece esta página la pluma del Corresponsal en Roma Juan Vicente Boo.
***
Juan Pablo II "el Grande" lo fue de tal modo en su magisterio que quizá haga
falta una generación para asimilarlo. Con Karol Wojtyla -"intérprete auténtico
del Concilio" en palabras de Benedicto XVI- ha sucedido lo mismo que con el
Vaticano II: es tan rico de contenido que su asimilación requiere décadas y
décadas, mientras que los frutos pueden prolongarse durante siglos, como ha
sucedido en otras ocasiones en la historia de la Iglesia.
Cuando se vive al ritmo de las noticias de los periódicos o de los telediarios
es muy difícil calibrar fenómenos que son como grandes ríos subterráneos,
llamados a producir efectos en lugares muy lejanos y al cabo de mucho tiempo.
Es lo que sucede con el inmenso magisterio de Juan Pablo II. Las 14 encíclicas,
9 constituciones apostólicas, 14 exhortaciones apostólicas, 39 cartas
apostólicas, 5 cartas colectivas, junto con el Catecismo de la Doctrina
Católica y los dos códigos de Derecho Canónico, el latino y el oriental, son
mucho más de lo que puede absorber una generación.
El Papa que asumió los nombres de Juan y Pablo en homenaje a Juan XXIII, quien
convocó el Concilio Vaticano II, y a Pablo VI, que lo llevó a conclusión,
dedicó sus 26 años de Pontificado -el tercero más largo de la historia- a
llevar a la práctica las enseñanzas "del mayor acontecimiento eclesial del
siglo XX" en palabras de Benedicto XVI, uno de sus protagonistas y -después de
la desaparición de Juan Pablo II- el último de aquella generación de gigantes.
"El hombre del Concilio"
En octubre del pasado año, Benedicto XVI -aun siendo autor de pluma rápida y
clara- manifestó en una entrevista televisiva que no piensa escribir al ritmo
de su predecesor pues "sus 14 encíclicas y sus abundantes cartas pastorales
suponen un patrimonio riquísimo que todavía no ha sido suficientemente
asimilado por la Iglesia". Por ese motivo, "yo considero una misión mía
esencial no publicar muchos documentos nuevos sino encargarme de que sean
asimilados los de Juan Pablo II, que son un tesoro riquísimo. Son la
interpretación auténtica del Concilio Vaticano II. El Papa era verdaderamente
el hombre del Concilio".
Con su discreción habitual, Benedicto XVI evitó cualquier mención, incluso
lejana, al hecho de que él mismo ha contribuido a redactar o a revisar buena
parte del extenso magisterio de Juan Pablo II. En realidad, los dos grandes
pensadores -el filósofo polaco y el teólogo alemán- dedicaron todos sus
esfuerzos a aplicar el Concilio, que constituye también la guía del Pontificado
de Benedicto XVI.
A ambos les preocupaba la lentitud en la asimilación los documentos, y en la
reunión plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe en febrero de
2004, Juan Pablo II mencionó el problema de "la recepción de los documentos
magisteriales por parte de los fieles católicos, frecuentemente más
desorientados que informados por las reacciones inmediatas y las
interpretaciones de los medios de comunicación".
Como ejemplo concreto en el terreno de la ley moral natural, Juan Pablo II se
refirió a las encíclicas "Veritatis Splendor" (1993) y "Fides et Ratio" (1998),
cuyas enseñanzas, "por desgracia, no parece que hayan sido recibidas, hasta
ahora, en la medida deseada". Lo mismo podría decirse de los elementos más
novedosos de su catequesis como, por ejemplo, la "teología del cuerpo" de los
primeros años del Pontificado.
Dos grandes documentos
Y también, en cierta medida, de dos grandes documentos sobre la Sagrada
Escritura que -bajo el impulso decisivo de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger- ha
publicado la Pontificia Comisión Bíblica: "La interpretación de la Biblia en la
Iglesia" (1993) y "El pueblo judío y sus Escrituras en la vida de la Iglesia"
(2001). Se trata de dos auténticos códigos para entender correctamente la
Palabra de Dios -el elemento central de la Revelación-, pero que muchos
católicos todavía no conocen.
A los historiadores como Walter Brandmüller, que es una autoridad mundial en
concilios, esa lentitud de asimilación no les llega por sorpresa. Según el
presidente del Comité Pontificio de Ciencias Históricas, "después del primer
concilio en Nicea (325), las luchas religiosas ásperas y violentas duraron más
de un siglo. Después del concilio de Trento (1563) pasó casi un siglo antes de
que sus decretos mostrasen eficacia a gran escala en un extraordinario
florecimiento misionero, religioso y cultural".
"El principio petrino a la luz del principio mariano"
Benedicto XVI es un teólogo de la historia, y sabe que hay que dar tiempo al
tiempo: lo importante es no perder de vista ni la brújula ni el destino al que
se quiere llegar. Por eso hace aflorar una y otra vez -a veces juntos- el
Magisterio del Concilio y el de su predecesor. Hace una semana, en la
Eucaristía celebrada en la Plaza de San Pedro para entregar el anillo a los
quince nuevos cardenales, Benedicto XVI afirmó que "el principio petrino de la
Iglesia" hay que entenderlo "a la luz del principio mariano, que es todavía mas
original y fundamental", "como destacó mi amado predecesor Juan Pablo II" y
"como subrayó con fuerza el Concilio Vaticano II incluyendo el tratado sobre la
Virgen al final de la "Lumen Gentium", la Constitución sobre la Iglesia".
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