338. Las negaciones de Pedro
338. Las negaciones de Pedro
10 de Abril
LUNES SANTO: PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR
I. Mientras se desarrolla el proceso contra Jesús ante el Sanedrín tiene lugar la escena más triste de la vida de Pedro. Él, que lo había dejado todo por seguir a Nuestro Señor, que ha visto tantos prodigios y ha recibido tantas muestras de afecto, ahora le niega rotundamente. Se siente acorralado, y niega hasta con juramento conocer a Jesús. Con eso niega también el sentido hondo de su existencia: ser Apóstol, testigo de la vida de Cristo. Su vida honrada, las esperanzas que Dios había depositado en él, su pasado, su futuro: todo se ha venido abajo. ¿Cómo es posible que diga no conozco a ese hombre? (Marcos 14, 66-67). El pecado, la infidelidad en mayor o menor grado, es siempre negación de Cristo y de lo más noble que hay en nosotros mismos, de los mejores ideales que el Señor ha sembrado en nosotros. Pero nuestros errores no deben desalentarnos jamás si nos comportamos con humildad. Un sincero arrepentimiento
es siempre la ocasión de un encuentro nuevo con el Señor que nos recibe siempre con infinito amor.
II. El Señor, maltratado, es llevado por uno de aquellos atrios. Entonces, se volvió y miró a Pedro (Lucas 22, 61). Ve la mirada indulgente sobre la llaga profunda de su culpa. Comprendió entonces la gravedad de su pecado, y el cumplimiento de la profecía del Señor respecto a su traición (Lucas 22, 61-62). "Lloró amargamente porque sabía amar, y bien pronto las dulzuras del amor reemplazaron en él las amarguras del dolor" (SAN AGUSTÍN, Sermón). Saberse mirado por el Señor impidió que Pedro llegara a la desesperanza. Fue una mirada alentadora en la que Pedro se sintió comprendido y perdonado. La contrición permite al alma acercarse de nuevo a Dios en un acto de amor más profundo, y atrae la misericordia divina. Cristo no tendrá inconveniente en edificar su Iglesia sobre un hombre que ha caído. Dios cuenta con los instrumentos débiles para realizar, si se arrepienten, sus empresas grandes: la salvación de los hombres.
III. Además de una gran fortaleza, la verdadera contrición da al alma una
particular alegría, y dispone para ser eficaces entre los demás. Junto a Cristo
el arrepentimiento se transforma en un dolor gozoso, porque se recobra la
amistad perdida. En unos instantes, Pedro se unió al Señor -a través del dolor-
mucho más fuertemente de lo que había estado nunca. De sus negaciones arranca
una fidelidad que le llevará hasta el martirio. Despertemos con frecuencia en
nuestro corazón el dolor de Amor por nuestros pecados. Acudamos a la Virgen
ahora que recordamos nuestras faltas y negaciones.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
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