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La Coctelera

Blog de Metitaciones del gato en el tejado

Si los hombres supieran que Dios 'sufre' con nosotros y mucho más que nosotros de todo el mal que asola la tierra, sin duda muchas cosas cambiarían, y muchas almas serían liberadas (J. Maritain)

Categoría: Iglesia

25 Mayo 2006

«El “Código Da Vinci” nos ha hecho más fuertes»

«El “Código Da Vinci” nos ha hecho más fuertes»

Monseñor Javier Echevarría: «La riqueza es una responsabilidad social, un instrumento para aliviar la miseria del mundo»

Vittorio Messori

http://www.larazon.es/noticias/noti_rel36964.htm

Monseñor Echevarría, prelado de la Obra

Roma- El hombre que tengo ante mí es obispo, y como tal, tiene derecho al título de «excelencia», no de «eminencia», reservado a los cardenales, pero que ha sido utilizado constantemente por Dan Brown. Un pequeño, pero significativo detalle de lo ajena que le resulta la Iglesia sobre la que jura haberse informado con rigor. El americano es, además, alguien para quien los numerarios del Opus Dei, orgullosamente laicos, al parecer son «monjes» y llevan una saya negra con capucha. Y no -como ocurre en la realidad- vestidos normales, similares a los de cualquier otro.
En cualquier caso, el sacerdote con el que converso en su estudio lleva una simple vestidura talar negra y sólo quiere ser llamado «Padre». «Padre», le digo en consecuencia, «¿me permite ver su anillo episcopal?». Me mira sorprendido pero, afable como es, se lo quita. Lo examino; un ligero círculo de oro con una incrustación de coral y una Virgen con un Niño. Me vienen a la cabeza ciertas tiendecitas de Sorrento. Sacudo la cabeza. No. Él rehuye la masa de crédulos. Ni siquiera en esto se adecua a su contra-figura: Su Eminencia Manuel Aringarosa, Prelado del Opus Dei a la búsqueda, cueste lo que cueste -cuatro homicidios incluidos- de «El Código Da Vinci». Brown asegura que su anillo es -leo- «de oro macizo, constelado de amatistas y diamantes y con los emblemas de la mitra y el báculo».
Monseñor Javier Echevarría, madrileño con ascendencia vasca,74 años y durante treinta secretario del fundador, Escrivá de Balaguer, y su segundo sucesor como Prelado de la «Sociedad de la Santa Cruz y del Opus Dei», sonríe: «Ese fantasioso señor nos ha aportado ganancias -y no sólo en dólares- mientras muchos otros nos agreden: según las enseñanzas de nuestro Padre, rezamos con el mismo fervor por quien nos alaba que por quien nos difama». «Naturalmente -le digo- usted conocerá bien el libro». «En absoluto, sólo lo he hojeado. No puedo perder el tiempo con novelitas para crédulos. Sin embargo, no la rechazamos por lo que dice sobre nosotros, son las típicas cosas que nos hacen sonreír. Lo que me duele de verdad son los delirios grotescos sobre Nuestro Señor y sobre nuestra Santa Madre Iglesia. Que digan lo que quieran sobre la Obra, pero que no blasfemen sobre la fe». El obispo sabe bien que, a requerimiento también de Leonardo Mondadori, que había vuelto a la fe junto a ellos, me dediqué un año entero a documentarme sobre el Opus y saqué un libro . Conozco, por tanto, la leyenda negra que los acompaña desde sus comienzos, pero le pregunto también a él lo mismo que le pregunté a su predecesor, Álvaro del Portillo, en cuyo proceso de beatificación he testimoniado.
De retiro en Manhattan. «¿Por qué este encarnizamiento con el Opus Dei?» La respuesta es clara: «Porque se conoce nuestra fidelidad al Papa, a la Iglesia, nuestro rigor en cuanto a la ortodoxia de la fe. Se nos ataca a nosotros para atacar estas realidades: no somos más que la criatura hipócrita de una Iglesia católica que no puede dar más que frutos envenenados. Y además porque, cuando ya no se cree en el diablo, en el verdadero, se buscan otros imaginarios. La pérdida de la fe lleva siempre a la superstición...»
Como todos los americanos, Brown gira siempre y sólo alrededor de los «States», parece como si creyera que hasta la sede central de la Prelatura no estuviera en este edificio de Monti Parioli sino en un rascacielos de Manhattan que le obsesiona, como prueba de la riqueza y del poder de la Obra. La réplica viene del portavoz, presente en el coloquio: «Nuestra vocación es llamar a cada hombre a santificarse a través del trabajo. No podíamos no echar raíces en la capital profesional del mundo, Nueva York. Teníamos una sede en la periferia, pero era difícil llegar hasta allí y, a petición de amigos y agregados, decidimos no sólo concentrar en la “City” las oficinas para toda América, sino construir allí una sede para los ejercicios espirituales, uno de las claves de nuestro apostolado. ¡El único lugar de retiro y de silencio en el corazón de Manhattan, una especie de monasterio metropolitano! Pero, con sus 17 pisos, el edificio no sólo es un “enano” al lado de los auténticos rascacielos que lo rodean, sino que, además, está construido en un área minúscula, un lugar donde antes había una gasolinera. La superficie del local equivale a un pequeño edificio de cuatro plantas». Brown precisa el coste: 47 millones de dólares. La respuesta del portavoz es inmediata: «En Roma, por iniciativa de nuestro miembros, se está construyendo un modernísimo policlínico, el Campus Bio-Médico, abierto a todo aquel que lo necesite. Las obras van a buen ritmo, el valor final rondará los 250 millones de euros. Siempre en Roma, desde hace cuarenta años gestionamos un gran centro profesional, el ELIS, del que han salido más de 10.000 jóvenes especializados. Jóvenes de barrio que, gracias al oficio que aprenden, son apreciados y pueden vivir bien».
Más que dinero, generosidad. «En todo el mundo la gente del Opus Dei crea y se hace cargo de las más diversas obras sociales: centenares de millones de dólares que no provienen de la Obra -que está sólo al servicio de la formación espiritual- sino de la generosidad de los 85.000 hombres y mujeres que forman parte de ella y que viven el espíritu del fundador». Interviene el prelado: «Recuerdo que una vez San Josemaría fue a visitar al Papa Roncalli, que nos quería mucho. Paternalmente, le picó: “Monseñor, ¿es cierto que tienen ustedes bancos?” Respondió don Josemaría: “¡Falsedades, Santidad, por desgracia. Pero si los tuviéramos podríamos hacer mucho más bien del que ya intentamos hacer!”. Una respuesta en la que se encuentra una de las claves de la perspectiva del Opus Dei: la riqueza no como culpa o pecado por expiar, sino como responsabilidad social, como instrumento para aliviar la miseria del mundo».
Transparencia. El 17 de mayo se cumplió el aniversario de la triunfal beatificación de Escrivá de Balaguer; y precisamente ese día «El Código Da Vinci» inauguró el festival de Cannes. Esa misma tarde, como única medida contra el estreno, la Prelatura abrió las puertas del centro ELIS, en el Tiburtino, a todo aquel que quisiera, para mostrar qué se hace y cómo se trabaja en realidad en la Obra. Que no ha dado, ni dará indicación alguna a sus miembros para que boicoteen el filme o los productos de la Sony. Me dicen: «Si alguien decide hacerlo, es cosa suya y de su libertad. Nosotros sólo recomendamos multiplicar el esfuerzo para recordar cuál es la verdad sobre los Evangelios y sobre la Iglesia». El embargo sobre la película ha sido total, pero algo se iba filtrando: se decía que -quizá por prudencia- la Sony, productora del film, habría borrado el nombre «Opus Dei», aludiendo sólo a una secta oscurantista no precisada. Sin embargo, sí que aparece la Obra con su nombre.
Citando un refrán americano -«Transformar los limones en limonada»-, la Prelatura no sólo ha evitado toda polémica, sino que ha encontrado en la difamación una buena oportunidad. Las visitas a su página web (en España, «www.opusdei.es») son ya, en el mundo, unos tres millones al mes, además de los innumerables impactos en prensa y televisión. La estrategia de la transparencia («mostrar al Opus Dei como es, no polemizar con el cómo no es») está dando resultados sorprendentes, ampliando el número de amigos y simpatizantes.
Una última, inédita noticia: en el famoso minirrascacielos de Nueva York, el responsable americano de la Obra y el de las Doubleday Editions anunciarán una reedición, de tirada elevadísima, de «The Way» (Camino). El librito que contiene las 999 máximas de San Josemaría Escrivá, el manual de formación espiritual para los discípulos de la fuente del Mal, según Brown. Pero, he aquí la sorpresa: Doubleday es la editora de «El Código Da Vinci». En el mismo catálogo se encontrarán, por tanto, «veneno» y «antídoto», cada uno podrá comparar y juzgar. Como me repetía monseñor Javier Echevarría, «para nosotros, que creemos en la Providencia, no hay mal que por bien no venga...» .

Se puede ver también el blog
www.lacoctelera.com/codigo

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15 Mayo 2006

El cardenal que se adelantó a Galileo y a Da Vinci Apasionado de la matemática y consejero de tres papas, Nicolás de Cusa hacía ciencia copernicana 150 años antes que Galileo y Copérnico

Francesc Gómez Morales
Francesc Gómez Morales
El cardenal que se adelantó a Galileo y a Da Vinci

Apasionado de la matemática y consejero de tres papas, Nicolás de Cusa hacía ciencia copernicana 150 años antes que Galileo y Copérnico.

http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=5708

Uno de los tópicos en historia de la ciencia es pensar que se pasa del “oscurantismo” medieval al nacimiento de la ciencia moderna de manera súbita. De la noche a la mañana surge un grupo de hombres extraordinarios que deciden darle la vuelta a nuestra manera de ver el mundo: Galileo, Kepler, Descartes… Es cierto que sus aportaciones supusieron una “revolución” pero no es menos cierto que cada uno de ellos (como todo hombre de ciencia) debe gran parte del éxito de su trabajo a sus predecesores.

Un “eslabón perdido” con nombre y apellidos

Existe por tanto una transición real, y no un salto abrupto, entre la manera de hacer ciencia de la Edad Media y las revoluciones de la Edad Moderna. Si tuviéramos que darle nombre y apellidos a nuestro “eslabón perdido” sin duda elegiríamos a Nikolaus Krebs, más conocido por Nicolás de Cusa. Iserloh lo describe de manera muy plástica: “está en el otoño de la Edad Media, pero también en la primavera de los tiempos modernos”.

Nació en 1401 en la ciudad alemana de Krebs (Cusa en latín). A los dieciséis años recibió la tonsura clerical y viajó por Europa estudiando gramática y filosofía, para obtener finalmente el doctorado en Derecho Canónico en Padua a la edad de 22 años. Paralelamente había nacido en él la pasión por las matemáticas y las ciencias naturales.

Una anécdota de su insaciable curiosidad científica la encontramos en su estancia en Colonia. Visitando la biblioteca de la cartuja encontró el Liber contemplationis de Ramón Llull, una de las figuras más eximias del medioevo hispano. No dejó escapar la oportunidad: se interesó por la obra y tomó diversas anotaciones.

Precursor del “giro copernicano”

Nicolás de Cusa mantuvo que la Tierra no era el centro del mundo y, basándose en la observación de los eclipses, que ésta era menor que el Sol y mayor que la Luna. También afirmó que el Sol, la Tierra y los demás cuerpos celestes se encuentran en movimiento y difieren en sus velocidades. También propuso la rotación terrestre como explicación al ciclo de los días. Por todo ello se le puede considerar con justicia un precursor de Copérnico. Sus intuiciones e ideas influyeron no sólo en éste sino en figuras tan ilustres como Kepler, Leonardo da Vinci y Giordano Bruno.

Un “argumento de autoridad” para Descartes

El libro más famoso de Nicolás de Cusa es “De docta ignorantia” (expresión prestada de san Agustín y san Buenaventura). En él expone una epistemología y una teología muy diferente de la tradicional. Llega a afirmar que el mundo es una imagen de Dios y su Trinidad. Partiendo de esta base postula la infinitud del espacio. Cuando más tarde Descartes proponga un espacio-tiempo infinito acudirá a Nicolás como argumento de autoridad para respaldar sus tesis.

Nuestro hombre no dudaba en “flirtear” con el concepto de infinito, imprescindible para las matemáticas contemporáneas. De hecho fue el primero que presentó el círculo como un polígono de lados infinitos (tal como se explica hoy día).

Adelantado a Galileo en la crítica a la escolástica

En uno de sus libros Nicolás de Cusa reprocha a la Filosofía de la Naturaleza escolástica (embrión de la Física actual) su incapacidad para medir (mensurare). Afirma que todo conocimiento científico debe estar fundamentado en la medición, otorgando a la geometría un papel protagonista en la ciencia.

La escolástica había recogido de Aristóteles una manera de hacer ciencia muy especulativa y poco experimental, en la que se recurría frecuentemente a la autoridad de los clásicos.

Nicolás de Cusa proponía recurrir a la “autoridad de las mediciones”. Por ello se esforzó por mejorar aparatos de medida (el reloj, la balanza) e inventó otros como el batómetro, que sirve para evaluar rápidamente la profundidad de ríos y lagos.

Muchas de sus sugerencias fueron realizadas en tiempos de Galileo, casi 150 años después. Nicolás de Cusa y Galileo compartieron la misma crítica a la manera de la escolástica de enfocar la filosofía de la naturaleza y abrieron el camino a la ciencia experimental, si bien es Galileo quien normalmente se lleva todo el mérito.

Y todo ello sin dejar de ser un gran hombre de Iglesia

Nicolás de Cusa fue obispo y cardenal y un hombre de confianza para los papas Nicolás V, Eugenio IV y Pío II. Fue nombrado legado pontificio y se le encomendó una misión muy ecuménica: lograr la unión con los griegos. Otro encargo de la Santa Sede fue lograr la firma de un concordato con el Imperio Austro-Húngaro, empresa que culminó con éxito. Fue Obispo de Brixen (Alemania) y tuvo que sufrir durante todo su mandato la oposición feroz de los poderes políticos. De hecho, acabó sus días en el exilio.

La vida de Nicolás es una prueba “empírica” de que la entrega y el servicio abnegado y constante a Cristo y a su Iglesia no sólo no es un impedimento para el desarrollo de la ciencia, sino que constituye una guía y estímulo para ésta.

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Uno de los tópicos en historia de la ciencia es pensar que se pasa del “oscurantismo” medieval al nacimiento de la ciencia moderna de manera súbita. De la noche a la mañana surge un grupo de hombres extraordinarios que deciden darle la vuelta a nuestra manera de ver el mundo: Galileo, Kepler, Descartes… Es cierto que sus aportaciones supusieron una “revolución” pero no es menos cierto que cada uno de ellos (como todo hombre de ciencia) debe gran parte del éxito de su trabajo a sus predecesores.

Un “eslabón perdido” con nombre y apellidos

Existe por tanto una transición real, y no un salto abrupto, entre la manera de hacer ciencia de la Edad Media y las revoluciones de la Edad Moderna. Si tuviéramos que darle nombre y apellidos a nuestro “eslabón perdido” sin duda elegiríamos a Nikolaus Krebs, más conocido por Nicolás de Cusa. Iserloh lo describe de manera muy plástica: “está en el otoño de la Edad Media, pero también en la primavera de los tiempos modernos”.

Nació en 1401 en la ciudad alemana de Krebs (Cusa en latín). A los dieciséis años recibió la tonsura clerical y viajó por Europa estudiando gramática y filosofía, para obtener finalmente el doctorado en Derecho Canónico en Padua a la edad de 22 años. Paralelamente había nacido en él la pasión por las matemáticas y las ciencias naturales.

Una anécdota de su insaciable curiosidad científica la encontramos en su estancia en Colonia. Visitando la biblioteca de la cartuja encontró el Liber contemplationis de Ramón Llull, una de las figuras más eximias del medioevo hispano. No dejó escapar la oportunidad: se interesó por la obra y tomó diversas anotaciones.

Precursor del “giro copernicano”

Nicolás de Cusa mantuvo que la Tierra no era el centro del mundo y, basándose en la observación de los eclipses, que ésta era menor que el Sol y mayor que la Luna. También afirmó que el Sol, la Tierra y los demás cuerpos celestes se encuentran en movimiento y difieren en sus velocidades. También propuso la rotación terrestre como explicación al ciclo de los días. Por todo ello se le puede considerar con justicia un precursor de Copérnico. Sus intuiciones e ideas influyeron no sólo en éste sino en figuras tan ilustres como Kepler, Leonardo da Vinci y Giordano Bruno.

Un “argumento de autoridad” para Descartes

El libro más famoso de Nicolás de Cusa es “De docta ignorantia” (expresión prestada de san Agustín y san Buenaventura). En él expone una epistemología y una teología muy diferente de la tradicional. Llega a afirmar que el mundo es una imagen de Dios y su Trinidad. Partiendo de esta base postula la infinitud del espacio. Cuando más tarde Descartes proponga un espacio-tiempo infinito acudirá a Nicolás como argumento de autoridad para respaldar sus tesis.

Nuestro hombre no dudaba en “flirtear” con el concepto de infinito, imprescindible para las matemáticas contemporáneas. De hecho fue el primero que presentó el círculo como un polígono de lados infinitos (tal como se explica hoy día).

Adelantado a Galileo en la crítica a la escolástica

En uno de sus libros Nicolás de Cusa reprocha a la Filosofía de la Naturaleza escolástica (embrión de la Física actual) su incapacidad para medir (mensurare). Afirma que todo conocimiento científico debe estar fundamentado en la medición, otorgando a la geometría un papel protagonista en la ciencia.

La escolástica había recogido de Aristóteles una manera de hacer ciencia muy especulativa y poco experimental, en la que se recurría frecuentemente a la autoridad de los clásicos.

Nicolás de Cusa proponía recurrir a la “autoridad de las mediciones”. Por ello se esforzó por mejorar aparatos de medida (el reloj, la balanza) e inventó otros como el batómetro, que sirve para evaluar rápidamente la profundidad de ríos y lagos.

Muchas de sus sugerencias fueron realizadas en tiempos de Galileo, casi 150 años después. Nicolás de Cusa y Galileo compartieron la misma crítica a la manera de la escolástica de enfocar la filosofía de la naturaleza y abrieron el camino a la ciencia experimental, si bien es Galileo quien normalmente se lleva todo el mérito.

Y todo ello sin dejar de ser un gran hombre de Iglesia

Nicolás de Cusa fue obispo y cardenal y un hombre de confianza para los papas Nicolás V, Eugenio IV y Pío II. Fue nombrado legado pontificio y se le encomendó una misión muy ecuménica: lograr la unión con los griegos. Otro encargo de la Santa Sede fue lograr la firma de un concordato con el Imperio Austro-Húngaro, empresa que culminó con éxito. Fue Obispo de Brixen (Alemania) y tuvo que sufrir durante todo su mandato la oposición feroz de los poderes políticos. De hecho, acabó sus días en el exilio.

La vida de Nicolás es una prueba “empírica” de que la entrega y el servicio abnegado y constante a Cristo y a su Iglesia no sólo no es un impedimento para el desarrollo de la ciencia, sino que constituye una guía y estímulo para ésta.

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