Categoría: Benedicto XVI y su
15 Mayo 2006
Testimoniar la procreación como fruto del amor, desafío de las familias; asegura Benedicto XVI
Testimoniar la procreación como fruto del amor, desafío de las familias; asegura Benedicto XVI
domingo, 14 mayo 2006
http://www.mexicosiemprefiel.com/benedictoxvi/noticias/_200605143616/
El Santo Padre durante el rezo del Regina Coeli desde la ventana del despacho pontificio en el Vaticano.
Benedicto XVI considera que las familias cristianas tienen hoy el desafío de testimoniar con su vida que la procreación es fruto del amor, pues una persona no es simple mercancía.
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 14 mayo 2006 (ZENIT).- Fue el mensaje que dejó este sábado a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, que se ha celebrado en Roma del 11 al 13 de mayo bajo la presidencia del presidente de ese dicasterio vaticano, el cardenal Alfonso López Trujillo.
«El momento histórico que estamos viviendo exige que las familias cristianas testimonien con valiente coherencia que la procreación es fruto del amor», dijo el pontífice después de haber reivindicado para el embrión humano un trato como «persona».
«Un testimonio así será un estímulo para los políticos y legisladores para que salvaguarden los derechos de la familia», afirmó.
El Papa constató que en varios países se están reconociendo jurídicamente las «uniones de hecho» que, «rechazando las obligaciones del matrimonio, pretenden gozar de derechos equivalentes».
«A veces --añadió--, además, se quiere incluso llegar a una nueva definición del matrimonio para legalizar las uniones homosexuales, atribuyéndoles también a ellas el derecho a la adopción de los hijos».
Y, sin embargo, constató «la unidad y la firmeza de las familias ayudan a la sociedad a respirar los auténticos valores humanos y a abrirse al Evangelio».
Estas familias, añadió, dan también optimismo a las sociedades contemporáneas que sufren el así llamado «invierno demográfico», «con el consiguiente envejecimiento progresivo de la población».
«En ocasiones parece que las familias están asediadas por el miedo ante la vida, la paternidad y la maternidad. Es necesario volverles a dar confianza para que puedan seguir cumpliendo con su noble misión de procrear en el amor», aseguró.
El Papa también señaló signos de esperanza: «Gracias a Dios, especialmente entre los jóvenes, muchos están redescubriendo el valor de la castidad, que se presenta cada vez más como una garantía segura del amor auténtico».
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1 Mayo 2006
22 Abril 2006
Benedicto XVI: un año de pontificado
Mario Arroyo
domingo 23 abril
George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II y Benedicto XVI ha escrito que entre
ambos pontífices existe una "continuidad dinámica". De hecho, todo parece
indicar que Benedicto XVI se encuentra cómodo con el legado de Juan Pablo II y
puede afirmarse que existe una gran afinidad doctrinal entre ambos
pontificados: "Considero una misión esencial y personal mía no tanto producir
documentos nuevos, sino más bien conseguir que los documentos del pontificado
precedente sean asimilados, porque son un tesoro riquísimo, son la auténtica
interpretación del Vaticano II", afirmó Benedicto XVI en una entrevista
concedida a la televisión polaca, la primera de su género en la historia del
papado.
Es verdad que se trata de dos personalidades diversas y también que las
comparaciones son odiosas, sin embargo es evidente que existe una profunda
unidad espiritual; así lo han percibido los fieles, que no han dejado de afluir
a la Ciudad Eterna para "ver a Pedro", tal vez más para escucharlo. Joaquín
Navarro-Valls, portavoz de la Santa Sede ha notado un incremento en la
asistencia, tanto a las audiencias de los miércoles como al rezo del Ángelus
los domingos: se estima que sin contar la Jornada Mundial de la Juventud, este
año han escuchado al Santo Padre alrededor de tres millones de personas; es
decir, la continuidad ha beneficiado a la vida de la Iglesia, que lejos de
apagarse después del deceso de Juan Pablo II se ha fortalecido.
El Cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima -que con motivo del Sínodo de
la Eucaristía ha trabajado estrechamente con Benedicto XVI-, afirma que si bien
"no tiene las dotes de actuar en público del Papa Wojtyla.. lo supera en la
capacidad de hacerse entender"; sirvan como ejemplo las palabras que dirigió el
pasado 15 de octubre a 150,000 niños que hicieron su primera comunión durante
el año de la Eucaristía.
Indudablemente el Papa es un hombre de trabajo, aparece menos en público, pero
ha marcado con gran nitidez las líneas maestras de su pontificado y ha
trabajado sobre ellas a lo largo de este año. Claramente, por ejemplo, se nota
su insistencia en defender los derechos de los fieles frente a la presión del
secularismo, que busca borrar de la sociedad cualquier influjo o presencia de
la religión, violentando y empobreciendo a la realidad misma; de la misma forma
ha trabajado intensamente tanto en el diálogo interreligioso -son numerosos los
encuentros y alocuciones a comunidades y autoridades judías-, como ecuménico,
hasta el punto de que parece que van por buen camino las relaciones con el
Patriarca Ortodoxo Alexis II, que siempre mantuvo una férrea distancia con Juan
Pablo II. La defensa de la vida desde sus inicios hasta su término natural y
la de la verdad frente al relativismo nihilista continúan estando en sus
enseñanzas -como en las de su predecesor-, pero se va notando un cambio de
sensibilidad en el ambiente, que a pesar de las fuertes campañas publicitarias
y culturales opuestas, comienza a ceder terreno.
Benedicto XVI tiene claras las directrices de su pontificado y desde su oficina
en el Vaticano está moviendo a la Iglesia, con trabajo escondido y silencioso,
pero eficaz, ungido por la oración; las personas con que convive más de cerca
son testigos de ello. Tiene la extraña capacidad de aunar una gran talla
intelectual con una profunda sencillez, lo que le ha permitido establecer
diálogos hasta ahora difíciles, por ejemplo con Hans Küng y Leonardo Boff (los
tradicionales "teólogos disidentes") -que han reconocido su gran capacidad de
escuchar-, o con Bernard Fellay, superior de los tradicionalistas lefebvrianos;
es decir -si queremos utilizar los manidos esquemas sociopolíticos
empobrecedores de la realidad eclesial- ha podido sentarse a platicar tanto con
la extrema derecha como con la extrema izquierda de la Iglesia, audaces
progresistas y conservadores recalcitrantes lo escuchan con atención.
Una vez más han fallado los oscuros vaticinios de la multitud de corifeos de
desgracias, y se han desbaratado esas previsiones con la sencilla sonrisa de un
pontífice humilde, inteligente, trabajador y amante de la verdad. Al inicio del
pontificado se decía que la desbandada era inminente, que la Iglesia quedaría
vacía, huecos los seminarios, etc.: en Colonia Benedicto XVI se reunió con
4,500 seminaristas, el ejercicio de su gobierno se ha caracterizado por una
intensa vivencia de colegialidad episcopal y por la gran apertura a los medios
(durante el Sínodo se tenía acceso a lo que decían los obispos, material que
anteriormente estaba guardado por el secreto pontificio). Todo parece indicar
que la función del pontificado va en la línea de hacer realidad en la vida
diaria de la Iglesia esa interpretación auténtica del Vaticano II que
constituyó el legado de Juan Pablo II. Una vez más las previsiones meramente
humanas son desbordadas por una realidad que se nos antoja sobrenatural.
P. Mario Arroyo
Doctor en Filosofía por la Università Della Santa Croce, Roma 2002
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22 Abril 2006
15 Abril 2006
La voz del Papa
No perder de vista ni la brújula ni el destino
Emilio Palafox Marqués
06/06 domingo 16 abril 2006
Dentro de pocos días reviviremos en todo el mundo la elección del nuevo Papa
Benedicto XVI. Todos hicimos entonces nuestros comentarios, pero pocos como el
de Enrique, entonces en 5º de Primaria, según me contaron ayer en su casa. Ante
la noticia televisiva exclamó con entusiasmo. ¡El Papa es "Venadito 16"...! Hoy
enriquece esta página la pluma del Corresponsal en Roma Juan Vicente Boo.
***
Juan Pablo II "el Grande" lo fue de tal modo en su magisterio que quizá haga
falta una generación para asimilarlo. Con Karol Wojtyla -"intérprete auténtico
del Concilio" en palabras de Benedicto XVI- ha sucedido lo mismo que con el
Vaticano II: es tan rico de contenido que su asimilación requiere décadas y
décadas, mientras que los frutos pueden prolongarse durante siglos, como ha
sucedido en otras ocasiones en la historia de la Iglesia.
Cuando se vive al ritmo de las noticias de los periódicos o de los telediarios
es muy difícil calibrar fenómenos que son como grandes ríos subterráneos,
llamados a producir efectos en lugares muy lejanos y al cabo de mucho tiempo.
Es lo que sucede con el inmenso magisterio de Juan Pablo II. Las 14 encíclicas,
9 constituciones apostólicas, 14 exhortaciones apostólicas, 39 cartas
apostólicas, 5 cartas colectivas, junto con el Catecismo de la Doctrina
Católica y los dos códigos de Derecho Canónico, el latino y el oriental, son
mucho más de lo que puede absorber una generación.
El Papa que asumió los nombres de Juan y Pablo en homenaje a Juan XXIII, quien
convocó el Concilio Vaticano II, y a Pablo VI, que lo llevó a conclusión,
dedicó sus 26 años de Pontificado -el tercero más largo de la historia- a
llevar a la práctica las enseñanzas "del mayor acontecimiento eclesial del
siglo XX" en palabras de Benedicto XVI, uno de sus protagonistas y -después de
la desaparición de Juan Pablo II- el último de aquella generación de gigantes.
"El hombre del Concilio"
En octubre del pasado año, Benedicto XVI -aun siendo autor de pluma rápida y
clara- manifestó en una entrevista televisiva que no piensa escribir al ritmo
de su predecesor pues "sus 14 encíclicas y sus abundantes cartas pastorales
suponen un patrimonio riquísimo que todavía no ha sido suficientemente
asimilado por la Iglesia". Por ese motivo, "yo considero una misión mía
esencial no publicar muchos documentos nuevos sino encargarme de que sean
asimilados los de Juan Pablo II, que son un tesoro riquísimo. Son la
interpretación auténtica del Concilio Vaticano II. El Papa era verdaderamente
el hombre del Concilio".
Con su discreción habitual, Benedicto XVI evitó cualquier mención, incluso
lejana, al hecho de que él mismo ha contribuido a redactar o a revisar buena
parte del extenso magisterio de Juan Pablo II. En realidad, los dos grandes
pensadores -el filósofo polaco y el teólogo alemán- dedicaron todos sus
esfuerzos a aplicar el Concilio, que constituye también la guía del Pontificado
de Benedicto XVI.
A ambos les preocupaba la lentitud en la asimilación los documentos, y en la
reunión plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe en febrero de
2004, Juan Pablo II mencionó el problema de "la recepción de los documentos
magisteriales por parte de los fieles católicos, frecuentemente más
desorientados que informados por las reacciones inmediatas y las
interpretaciones de los medios de comunicación".
Como ejemplo concreto en el terreno de la ley moral natural, Juan Pablo II se
refirió a las encíclicas "Veritatis Splendor" (1993) y "Fides et Ratio" (1998),
cuyas enseñanzas, "por desgracia, no parece que hayan sido recibidas, hasta
ahora, en la medida deseada". Lo mismo podría decirse de los elementos más
novedosos de su catequesis como, por ejemplo, la "teología del cuerpo" de los
primeros años del Pontificado.
Dos grandes documentos
Y también, en cierta medida, de dos grandes documentos sobre la Sagrada
Escritura que -bajo el impulso decisivo de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger- ha
publicado la Pontificia Comisión Bíblica: "La interpretación de la Biblia en la
Iglesia" (1993) y "El pueblo judío y sus Escrituras en la vida de la Iglesia"
(2001). Se trata de dos auténticos códigos para entender correctamente la
Palabra de Dios -el elemento central de la Revelación-, pero que muchos
católicos todavía no conocen.
A los historiadores como Walter Brandmüller, que es una autoridad mundial en
concilios, esa lentitud de asimilación no les llega por sorpresa. Según el
presidente del Comité Pontificio de Ciencias Históricas, "después del primer
concilio en Nicea (325), las luchas religiosas ásperas y violentas duraron más
de un siglo. Después del concilio de Trento (1563) pasó casi un siglo antes de
que sus decretos mostrasen eficacia a gran escala en un extraordinario
florecimiento misionero, religioso y cultural".
"El principio petrino a la luz del principio mariano"
Benedicto XVI es un teólogo de la historia, y sabe que hay que dar tiempo al
tiempo: lo importante es no perder de vista ni la brújula ni el destino al que
se quiere llegar. Por eso hace aflorar una y otra vez -a veces juntos- el
Magisterio del Concilio y el de su predecesor. Hace una semana, en la
Eucaristía celebrada en la Plaza de San Pedro para entregar el anillo a los
quince nuevos cardenales, Benedicto XVI afirmó que "el principio petrino de la
Iglesia" hay que entenderlo "a la luz del principio mariano, que es todavía mas
original y fundamental", "como destacó mi amado predecesor Juan Pablo II" y
"como subrayó con fuerza el Concilio Vaticano II incluyendo el tratado sobre la
Virgen al final de la "Lumen Gentium", la Constitución sobre la Iglesia".
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11 Abril 2006
Homilía de Benedicto XVI en el Domingo de Ramos, Jornada Mundial de la Juventud
La Cruz es el símbolo del auténtico amor
Homilía que pronunció Benedicto XVI el 9 de abril de 2006 en la misa del Domingo de Ramos, XXI Jornada Mundial de la Juventud, que lleva por tema: «Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero»
(Sal 118[119],105)
Desde hace veinte años, gracias al Papa Juan Pablo II, el Domingo de Ramos se ha convertido de manera particular en el día de la juventud, el día en que los jóvenes del todo el mundo salen al encuentro de Cristo, deseando acompañarle en sus ciudades y sus países para que esté entre nosotros y pueda establecer en el mundo su paz. Si queremos salir al encuentro de Jesús y caminar después con él por su camino, tenemos que preguntar: ¿Por qué camino quiere guiarnos? ¿Qué nos esperamos de él? ¿Qué se espera de nosotros?
Para comprender lo que sucedió el Domingo de Ramos y saber qué significa no sólo para aquella época sino para todos los tiempos, resulta importante un detalle, que para sus discípulos se convirtió en la clave para comprender aquel acontecimiento cuando, después de Pascua, recordaron con una nueva mirada aquellos días tumultuosos. Jesús entra en la Ciudad Santa a lomos de un asno, es decir, el animal de la sencilla gente del campo, y además un asno que no le pertenece, que ha tomado prestado para esta ocasión. No llega en una lujosa carroza real, ni a caballo como los grandes del mundo, sino en un asno tomado prestado. Juan nos cuenta que en un primer momento los discípulos no entendieron esto. Sólo después de la Pascua se dieron cuenta de que de este modo Jesús estaba cumpliendo los anuncios de los profetas, mostraba que su acción derivaba de la Palabra de Dios y la llevaba a su cumplimiento. Se acordaron, dice Juan, de que en el profeta Zacarías se lee: «No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna» (Juan 12, 15; Cf. Zacarías 9, 9). Para comprender el significado de la profecía y de este modo la acción de Jesús, tenemos que escuchar todo el texto de Zacarías que sigue diciendo: «El suprimirá los cuernos de Efraím y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra» (9,10).
De este modo, el profeta hace tres afirmaciones sobre el rey venidero.
En primer lugar, dice que será un rey de los pobres, un pobre entre los pobres y para los pobres. La pobreza se entiende en este caso en el sentido de los «anawim» de Israel, de esas almas creyentes y humildes que vemos alrededor de Jesús, en la perspectiva de la primera bienaventuranza del Sermón de la montaña. Uno puede ser materialmente pobre pero tener el corazón lleno del ansia de riqueza y del poder que deriva de la riqueza. El hecho de que vive en la envidia y en la avaricia demuestra que, en su corazón, forma parte de los ricos. Desea trastocar la repartición de los bienes, pero para que él mismo se encuentre en la situación que antes ocupaban los ricos. La pobreza en el sentido de Jesús --en el sentido de los profetas-- presupone sobre todo la libertad interior de la avaricia y del afán de poder. Se trata de una realidad más grande que una repartición diferente de los bienes, que se limitaría al campo material, y que haría aún más duros los corazones. Se trata, ante todo, de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce que la posesión es responsabilidad ante los demás, que bajo laminada de Dios y se deja guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (Cf. 2 Corintios 8, 9). La libertad interior es el presupuesto para superar la corrupción y la avaricia que a estas alturas devastan el mundo; esta libertad puede encontrarse sólo si Dios se convierte en nuestra riqueza; sólo puede encontrarse en la paciencia de las renuncias cotidianas, en las que se desarrolla como libertad auténtica. En el Domingo de Ramos aclamamos al rey que nos indica el camino hacia esta meta, Jesús, y le pedimos que nos lleve consigo en su camino.
En segundo lugar, el profeta nos muestra que este rey será un rey de paz: hará que desaparezcan los carros de guerra y los caballos de batalla, romperá los arcos y anunciará la paz. En la figura de Jesús esto se concretiza con el signo de la Cruz. Es el arco roto, en cierto sentido el nuevo, el auténtico arco iris de Dios, que une el cielo y la tierra y tiende puentes entre los continentes sobre los abismos. La nueva arma que Jesús pone en nuestras manos es la Cruz, signo de reconciliación, signo del amor que es más fuerte que la muerte. Cada vez que nos hacemos la señal de la Cruz tenemos que acordarnos de no responder a la injusticia con otra injusticia, a la violencia con otra violencia; tenemos que acordarnos de que sólo podemos vencer al mal con el bien, sin ofrecer mal por mal.
La tercera afirmación del profeta es el preanuncio de la universalidad: el reino del rey de la paz se extiende «de mar a mar… hasta los confines de la tierra». La antigua promesa de la Tierra es sustituida aquí con una nueva visión: el espacio del rey mesiánico ya no es un país determinado, que se separaría de los demás, y que inevitablemente tomaría posición contra los demás países. Su país es la tierra, el mundo entero. Superando toda delimitación, en la multiplicidad de las culturas, crea unidad. Penetrando con la mirada en las nubes de la historia, vemos aquí cómo emerge desde lejos en la profecía la red de las comunidades eucarísticas que abraza a todo el mundo, una red de comunidades que constituyen el «Reino de la paz» de Jesús, de mar amar hasta los confines de la tierra. Él llega a todas las culturas y a todas las partes del mundo, por doquier, a las miserables cabañas y a los pobres pueblos, así como al esplendor de las catedrales. Por doquier él es el mismo, el Único, y de este modo todos los orantes reunidos, en la comunión con él, están unidos también entre sí en un único cuerpo. Cristo gobierna haciéndose nuestro pan y entregándose a nosotros. De este modo construye su Reino.
Este nexo se resulta totalmente claro en otra frase del Antiguo Testamento que caracteriza y explica lo sucedido en el Domingo de Ramos. La muchedumbre aclama a Jesús: «¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Marcos 11,9; Salmo 117[118], 25s). Esta frase forma parte del rito de la fiesta de las cabañas, durante la cual los fieles se mueven en corro en torno al altar, llevando en las manos ramos de palma, arrayán y sauce.
Ahora la gente lanza este grito ante Jesús, en quien ve quien viene en el nombre del Señor: la expresión: «El que viene en nombre del Señor», de hecho, se había convertido en la manera de designar al Mesías. En Jesús reconocen a quien verdaderamente viene en el nombre del Señor y trae la presencia de Dios entre ellos. Este grito de esperanza de Israel, esta aclamación a Jesús durante su entrada a Jerusalén, se ha convertido con razón en la Iglesia en la aclamación a quien, en la Eucaristía, nos sale al encuentro de una manera nueva. Saludamos a quien en la Eucaristía siempre llega entre nosotros en el nombre del Señor uniendo en la paz de Dios los confines de la tierra. Esta experiencia de la universalidad forma parte de la Eucaristía. Dado que el Señor viene, nosotros salimos de nuestras realidades exclusivistas y pasamos a formar parte de la gran comunidad de todos los que celebran este santo sacramento. Entramos en su reino de paz y aclamamos en él en cierto sentido a nuestros hermanos y hermanas, por quienes viene para crear un reino de paz en este mundo lacerado.
Las tres características anunciadas por el profeta --pobreza, paz, universalidad-- están resumidas en el signo de la Cruz. Por este motivo, y con razón, la Cruz se ha convertido en el centro de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Hubo un período --y no quedado totalmente superado-- en el que se rechazaba el cristianismo precisamente a causa de la Cruz. La Cruz habla de sacrificio, se decía, la Cruz es signo de negación de la vida. Nosotros, sin embargo, queremos la vida entera, sin restricciones y sin renuncias. Queremos vivir, nada más que vivir. No nos dejamos limitar por los preceptos y las prohibiciones --se decía y se sigue diciendo--; queremos riqueza y plenitud. Todo esto parece convincente y seductor; es el lenguaje de la serpiente que nos dice: «No os dejéis atemorizar! ¡Comed tranquilamente de todos los árboles del jardín!». El domingo de los Ramos, sin embargo, nos dice que el auténtico gran «sí» es precisamente la Cruz, que la Cruz es el auténtico árbol de la vida. No alcanzamos la vida apoderándonos de ella, sino dándola. El amor es la entrega de nosotros mismos y, por este motivo, es el camino de la vida auténtica simbolizada por la Cruz. Hoy se entrega la Cruz que fue el centro de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia a una delegación para que comience su camino hacia Sydney, donde en el año 2008 la juventud del mundo quiere reunirse de nuevo alrededor de Jesús para construir junto a él el reino de la paz. ¡De Colonia a Sydney, un camino a través de los continentes y las culturas, un camino a través de un mundo lacerado y atormentado por la violencia! Simbólicamente es como el camino de mar a mar, desde el río hasta los confines de la tierra. Es el camino de quien, con el signo de la Cruz, nos entrega la paz y hace de nosotros portadores de su paz. Doy las gracias a los jóvenes que llevarán por los caminos del mundo esta Cruz, en la que casi podemos tocar el misterio de Jesús. Pidámosle que al mismo tiempo abra nuestros corazones para que, siguiendo su cruz, nos convirtamos en mensajeros de su amor y de su paz. Amén.
[Taducción del original italiano realizada por Zenit
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
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